CAPÍTULO PRIMERO
CONSECUENCIAS INDIVIDUALES DE LA VIOLENCIA

Yo le quisiera contar esto, de lo que a mí me había dolido bastante, más que todo, antes de empezar cuando le dije que lo iba a contar, yo estaba muy tensa y hasta ahorita siento aquí más por pensar en todas esas cosas, porque ya lo veo desde otro punto de vista, ya no me duele más que el momento que lo estaba viviendo, claro lo he vivido de otra forma pues, y hasta a veces me da, no sé como me nace el rencor y contra quien desquitarme a veces. Caso 5017, San Pedro Necta, Huehuetenango, 1982.

En el momento de los hechos

En primer lugar, la represión produjo amenaza vital, tristeza por lo sucedido en una gran mayoría de los casos y muy frecuentemente sufrimiento extremo con hambre, sentimiento de injusticia y problemas de salud 1. El duelo alterado por la muerte de los familiares, el cuestionamiento de su dignidad y la impotencia e incertidumbre respecto al futuro, forman un segundo grupo de efectos que indican un cambio global en el sentido de la vida. Aunque sus efectos individuales sean muy graves, probablemente el impacto traumático con severas secuelas en los momentos siguientes a los hechos (problemas graves de salud mental, etc.) no fue tan importante como los efectos anteriores.

La mayor parte de los efectos individuales aparece de forma similar en los testimonios de hombres y mujeres. Predomina algo más en los hombres la descripción de efectos asociados a su dignidad como personas y su rol social como hombres, mientras que las mujeres muestran en sus testimonios más afectación personal (problemas de salud, alteración del duelo), y más efectos en su condición de mujeres. Respecto a los hechos, es mayor el porcentaje de hombres que de mujeres que hablan de las masacres, mientras que las mujeres refieren mayor número de asesinatos y hechos de violencia individuales describiendo más pérdidas familiares directas.

El impacto traumático en la actualidad

En la actualidad, se ha dado una disminución global de los efectos, pero la mayor parte de las personas ha mostrado todavía consecuencias de la violencia sufrida, que tiene probablemente tanto que ver con las contínuas experiencias de violencia como con la persistencia de sus efectos más severos.

Los sobrevivientes describen como efectos individuales más frecuentes en la actualidad, una sensación de tristeza, de injusticia, de duelo alterado, y en menor medida (uno de cada tres que lo manifestaron en el momento de los hechos) de problemas psicosomáticos, hambre, soledad, recuerdos traumáticos y pesadillas.

Sin embargo, otros problemas como la soledad se mantienen o han aumentado con el paso del tiempo. El duelo alterado también aumenta en la actualidad (por cada persona que mostró alteración de duelo en el momento de los hechos, hay dos que lo manifiestan hoy). Los efectos relacionados con los recuerdos traumáticos son más frecuentes actualmente en la descripción de los sobrevivientes, así como el encontrarse muy afectados en el momento del testimonio. A pesar de que ello puede mostrar un impacto importante en un grupo de personas, es también probable que se deban en gran medida a la movilización del recuerdo y al ambiente de violencia política y amenaza en que todavía se dio la recogida de testimonios.

1. DEL MIEDO AL TERROR

En la misa de nueve días les avisaron de unos cadáveres en la Verbena. Los cadáveres estaban en condiciones terribles. Vieron un cadáver quemado. Llevaron al dentista ... para que viera ese cadáver y dijo que no era. Necesitaba una fe de edad de su hijo para tramitar la pensión del IGSS y decidió pasar por la Policía Nacional a preguntar por el carro. Esa misma noche la llamaron amenazándola para que dejara de buscar el carro y de ver cadáveres o los iban a matar a ella y al niño. La casa siguió vigilada. Siguió su vida, pero dejó de ver a sus amigos para evitarles problemas. Dos veces la amenazaron. Buscó apoyo psicológico: era muy joven y estaba muy impactada por lo visto en las morgues. Caso 5080, Guatemala, 1980.

Estrategia del terror

La violación de los derechos humanos ha sido utilizada como estrategia de control social en Guatemala. Ya sea en los momentos de mayor violencia indiscriminada o de represión más selectiva, la sociedad entera se ha visto afectada por el miedo. El terror ha constituido no sólo una consecuencia del enfrentamiento armado (el miedo es el efecto más frecuentemente descrito en los testimonios), sino también un objetivo de la política contrainsurgente que utilizó distintos medios en los diferentes momentos del conflicto armado.

1) La represión selectiva sobre líderes

Las desapariciones forzadas y los asesinatos y de líderes de organizaciones sociales fueron estrategias utilizadas a lo largo de todo el conflicto, pero predominantes en los años 65-68 y 78-83. La represión selectiva ha tenido como objetivo desarticular los procesos organizativos considerados como amenaza para el Estado. En esos casos, el modo de proceder y la actuación de la policía y cuerpos de seguridad estuvieron destinados a evitar la identificación de los responsables, la ostentación de la violencia y la presencia permanente de mecanismos de control, paralelo a una ausencia total de referentes públicos de protección como instituciones de justicia, medios de comunicación etc.

Lo detuvieron dos noches en la cárcel pública, allí fue donde lo interrogaron, hicieron con él lo que todas las autoridades quisieron y después lo mandaron a descansar a su casa, como a eso de la media noche llegaron los agentes de la G-2, tenían una grabadora encendida a todo volumen en la comandancia, luego lo encapucharon para interrogarlo, y al día siguiente en estado agonizante lo sacaron de la cárcel y lo llevaron atado en un vehículo de la G-2, con cuerdas de utilidad general, con destino a Salamá, dejándolo a mi finado padre atado y acribillado a balazos y su rostro totalmente destruido, para que la familia no lo identificáramos, dejándolo en ese lugar llamado el Palmar. Esto fue porque el finado era muy religioso, muy activo, y le gustaba integrar comités de mejoramiento, y él era muy apreciado en la comunidad. Caso 2024, San Miguel Chicaj. Baja Verapaz, 1982.

2) Hostigamiento familiar

Los asesinatos selectivos de líderes tuvieron a menudo una dimensión de hostigamiento también a sus familias, ya fuera antes o después de los hechos de violencia. En ocasiones los familiares fueron posteriormente objetivo de la estrategia del terror, para evitar que denunciaran los hechos.

Entonces después se dieron cuenta los del Ejército y nos llamaron a una reunión a la aldea El Culeque y nos amenazaron, y nos dijeron que si alguien está yendo de aquí a dejar quejas allá con el Apoyo Mutuo, las vamos a dejar colgadas en un palo en la montaña donde las encontremos. Y por eso nosotras dejamos de ir con el grupo y cuando vamos nos sentamos hasta atrás, hasta ahora que ya estamos dando la declaración otra vez. Caso 1509 (Desaparición Forzada), Santa Ana, Petén, 1984.

Sin embargo, la familia también fue objeto directo de represión en los casos en que los propios familiares fueron secuestrados o asesinados al no encontrar a la persona a quien buscaban.

3) Hostigamiento comunitario

El hostigamiento hacia la población civil por parte de las fuerzas militares, tuvo en muchos lugares del país una dimensión comunitaria. Las acusaciones de participación o apoyo a la guerrilla involucraron globalmente a muchas comunidades que fueron tildadas de "guerrilleras". De tal manera que el origen geográfico o el lugar de procedencia se convertía en una acusación, cuando no en una agresión directa.

Fuimos huyendo a Santa Clara (1982-90), pero siempre en plan de emergencia y no pudimos regresar a la aldea porque no había vida. Estando en esa comunidad empezamos a sembrar maíz, malanga, caña, siempre estuvimos perseguidos y el Ejército cuando entraba, cortaba todo y quemaba las casas, eso fue en septiembre del 85. En 1987 el Ejército llegó a Amachel y constantemente entraba a la comunidad y siempre estuvimos huyendo a la montaña. Caso 4524, Sta. Clara, Chajul, Quiché, 1985-87.

Especialmente en el período 78-83, el hostigamiento a través de incursiones militares, bombardeos o masacres tuvo un carácter masivo en comunidades de las áreas consideradas rojas por el Ejército (Ixcán, Verapaces, región Ixil, altiplano central, a finales de los años 70-80). Posteriormente, a partir del año 84 ese hostigamiento comunitario se centró especialmente en las poblaciones refugiadas en las montañas de Alta Verapaz, Cuchumatanes y las selvas de Ixcán y Petén, especialmente en las autodenominadas Comunidades de Población en Resistencia (CPR).

4) Terror ejemplificante

En el caso de Guatemala esta estrategia de terror se desarrolló hasta las manifestaciones más extremas del desprecio por la vida, con la realización de torturas públicas, exposición de cadáveres, y con la aparición de cuerpos mutilados y con señales de tortura.

Le habían sacado la lengua, tenía vendados con venda ancha o esparadrapo ancho los ojos, y tenía hoyos por donde quiera, en las costillas, como que tenía quebrado un brazo. Lo dejaron irreconocible; sólo porque yo conviví muchos años con él, y yo le sabía de algunas cicatrices y vi que él era. Y también llevaba una foto reciente de cuerpo entero y le dije yo al médico forense que él era mi esposo. Entonces ‘sí’, me dijo, ‘él era su esposo, sí se lo puede llevar’. Caso 3031 (Secuestro en Salamá y Asesinato en Cuilapa), Cuilapa, Santa Rosa, 1981.

5) El miedo para la colaboración

Parte de la propia estrategia del terror puede incluso afectar a los propios victimarios. En los testimonios recogidos se dan numerosas muestras de cómo el miedo opera como un mecanismo de control interno entre ellos.

Y ese oficial nos decía que si no los matábamos nosotros, a todos nos iban a matar. Y así sucedió de que tuvimos que hacerlo, no lo niego que sí tuvimos que hacerlo porque nos tenían amenazados. Caso 1944 (Miembro de las PAC), Chiché, Quiché, 1983.

La mayoría de los testimonios describen en los años 80-83 una gran presión militar sobre las comunidades, incluyendo la acción de Comisionados militares y la obligación de formar las PAC. A partir de entonces, la estrategia del miedo pasó a poner su peso en los mecanismos de control interno con la actuación de las PAC.

El temor era muy grande en esos días, se tuvo que sacar algunos turnos de patrulla pero con mucho miedo. Al mismo tiempo la guerrilla llegó también después que por favor no se patrullara. Allí sí que uno se hallaba con mucho temor, porque uno llegaba a organizar la patrulla y otro llegaba a impedir, pues para uno era un gran problema. Desde ese momento se empezó a sentir que ya no se iba a poder vivir en ese lugar. Caso 2267, Aldea Nojoyá, Huehuetenango 1980.

No hay para donde

En el 80 y el 81, cuando la gente se concentró en Cobán, cuando la guerrilla fue sacando a los patronos y todo eso, ya la guerrilla fue contactando a la gente, la gente con la guerrilla, pues la gente se sentía amenazada, o sea nos agarramos juntos con la guerrilla, pensábamos que eran nuestros brazos para resistir, porque la verdad no teníamos quién por nosotros. La misma situación que nosotros mirábamos era sobre la que la guerrilla caminaba y explicaban y peleaban, y a base de esto hizo que nos uniéramos porque la misma lucha llevábamos nosotros y la misma lucha ellos. Después empezó la represión del ejército. Caso Sahakok. El Calvario. Cobán. Alta Verapaz.

La polarización social como producto del enfrentamiento armado y el cierre de los espacios sociales para las luchas civiles, hicieron que en determinados lugares mucha gente de las comunidades se involucrara en la participación en la guerra, ya fuera de una manera voluntaria o forzados por la situación.

Aquí la gente no se unió con la guerrilla, ellos pasaban pero no lograron su objetivo... Se empezó a sentir inseguridad cuando se dio el aviso que era peligroso caminar por las noches. Por estos problemas se decidió en una reunión que 14 compañeros fueran a hablar con el ejército para que no hiciera nada en nuestra comunidad, y los 14 compañeros ya no regresaron... los mataron en la escuela de Paley. Taller, San José Poaquil, Chimaltenango, 23-11-1996, (p.1).

El miedo al ejército fue un factor generalizado en numerosas áreas rurales que llevó a la huida o en otros casos al apoyo más o menos directo a la guerrilla, como una forma de tener protección o de involucrarse de manera activa en el conflicto. En algunos testimonios recogidos relativos a los años 80/82, se refiere cómo la guerrilla también presionó a algunas familias o comunidades para que se involucraran de una manera activa en la guerra, o para que no prestaran ningún tipo de ayuda al ejército, a medida que la situación se iba haciendo más crítica. En algunas zonas, el miedo a ser tomado por "oreja" muestra esa constricción comunitaria que obligaba a tomar partido.

Algunos por el temor a que nos mataran, verdad, nos obligamos a incluirnos en las reuniones que venían haciendo, porque el que no asistía para ellos dice que eran orejas, éramos traicioneros. Caso 5334, Aldea Pozo de Agua, Baja Verapaz, 1983.

Clima de terror

En los primeros años de la década de los 80 se generalizó un clima de terror en gran parte del país que se caracterizó por una violencia extrema en contra de las comunidades y movimientos organizados, con una total indefensión por parte de la gente. Una vivencia de amenaza permanente desorganizó completamente la vida cotidiana de muchas familias. Ya fuera a través de las masacres colectivas o de la aparición de cuerpos con señales de tortura, el horror tuvo un carácter masivo y de ceremonia pública que sobrepasó cualquier límite a la imaginación.

A la ostentación de la violencia que se dio en esa época por parte del Ejército y cuerpos policiales, se sumó la ausencia de las mínimas posibilidades de recurrir a autoridades civiles, judiciales etc., para frenar las acciones en contra de la población, dado que habían sido eliminadas o se encontraban bajo control militar.

Clima de terror

a. Tensión permanente

Toda la gente ya no se fue a dormir y allí nos estuvimos reunidos durante esa noche. En la mañana, todos tristes y desvelados, con miedo estuvo la gente. Caso 2299, Santa Ana Huista, Huehuetenango, 1981.

b. Violencia generalizada.

Los soldados ya habían empezado a matar, nada de hablar, no estaban preguntando si tenía pecado o no, estaban matando ese día. Caso 6629, Cobán, Alta Verapaz, 1981.

c. Carácter público del horror.

Lo que hemos visto ha sido terrible, cuerpos quemados, mujeres con palos y enterrados como si fueran animales listos para cocinar carne asada, todos doblados y niños masacrados y bien picados con machetes. Las mujeres también matadas como Cristo.Caso 0839, Cuarto Pueblo, Ixcán, Quiché, 1985.

d. Ostentación de la impunidad.

Pues la verdad, en ese momento un sentimiento de impotencia ante estos cuerpos, por la contundencia y la gente allí se quedó, nadie dijo nada, porque había vendedores allí en la acera, todo el mundo se quedó paralizado, asustados. Caso 5374 (Secuestro por la G2), Guatemala, 1982.

Efectos sociales del miedo

Pero cuando uno se da cuenta del gran número de personas que hay, que han sido asesinadas, entonces uno comparte ese dolor y sabe que es una obligación moral, un deber también, no sólo para ellos que no tienen voz, sino para toda una sociedad que está atemorizada, porque también dentro de los secuestros se da esa psicología de terror ¿verdad?, como se llevaron a fulano, se van a llevar a las demás personas que tienen amistad con él. Caso 5449. Guatemala, 1979.

Efectos sociales del miedo

a. Inhibir la comunicación

Era muy peligroso y arriesgado pasar el día, era muy peligroso, no se podía hablar ni decir nada, a cada rato se llamaba al orden para no comentar nada. Así oía yo, era muy peligroso como vivía cada una de las personas. Caso 553, Chiquisis, Alta Verapaz, 1982.

b. Desvincularse de procesos organizativos

Como en ese tiempo se empezaban a ver las muertes, ya había mucho temor en la gente, empezaron a retirarse. Caso 2267, Nojoyá, Huehuetenango, 1980.

c. Aislamiento social

A veces pensaba que me moría, ¿con quién me calmaba yo?, ya no tenía a mi mamá, y mi papá tenía miedo de estar conmigo, porque el único consuelo que me daban era que me iban a llegar a matar a mí y a mis hijos. Caso 5334, Pozo de Agua, Baja Verapaz, 1983.

d. Cuestionamiento de valores

Metieron miedo, entonces uno se humillaba, uno no podía decir nada. Caso 6259, Nentón, Huehuetenango, 1983.

e. Desconfianza comunitaria

La gente cambiaron sus ideas del Ejército. Era difícil ya de creer en ellos. Caso 771, Ixcán, Quiché, 1975.

Sin embargo, y a pesar de que los efectos sociales de descohesión y desmovilización hayan sido enormes, la arbitrariedad y crueldad de la violencia también generó en mucha gente una mayor conciencia sobre la violencia y la acción del Ejército. Paradójicamente, esa conciencia del terror ha contribuido a desarrollar formas de resistencia.

Fue algo muy espantoso para nosotros, porque llegó el Ejército y llevaron a un mudito atado de pies y manos que era de la aldea. A él le preguntaban algo, pero era mudito, no podía contestar, lo agarraron, lo patearon bien y después lo amarraron, lo traían arrastrando, reunieron a toda la gente y lo tiraron en medio de la gente y preguntaron si conocíamos a esa persona. Dijimos que sí, es un mudito. Todos lo querían y lo respetaban porque era una persona indefensa. Eso ocasionó mucho temor y coraje, porque era una persona muy humilde para hacerle eso, había que tenerle más respeto. Caso 2267, Nojoyá, Huehuetenango, 1980.

Efectos individuales del miedo

Las descripciones de la influencia del terror en la vida cotidiana de la gente, incluyen también las consecuencias individuales producidas por el miedo. Muchas de esas consecuencias no han sido sólo una reacción aguda al clima de violencia. Los efectos del miedo a largo plazo llegan todavía hasta nuestros días, debido al mantenimiento, durante años, de formas de amenaza y control militar.

Entonces después vivimos el tiempo de la zozobra. Vivimos unos 10 años de zozobra, y créame que para mi fue duro en el estado un poco de decadencia, porque todo era tomado, cualquier vendedor, cualquier gente que venía, uno lo tomaba por sospechoso, entonces no había una tranquilidad para trabajar, tampoco habían deseos de salir a trabajar. Caso 5362 (Intento de secuestro/amenazas) Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla, 1979.

Efectos individuales del miedo

a. Vivencia de una realidad amenazante

En una realidad convertida en amenaza, los límites entre lo real y lo imaginario se distorsionan brutalmente.

b.Sentimiento de impotencia

La estrategia contrainsurgente y la impunidad con que se dieron las acciones, indujeron a la parálisis y a conductas de adaptación al medio hostil. El miedo disminuye la capacidad de controlar su propia vida, y es un factor importante de vulnerabilidad psicológica y social.

c.Estado de alerta

El estado de alerta ha ayudado a sobrevivir en condiciones extremas, pero conlleva también riesgo de sufrimiento físico y psicológico importante. En el momento de los hechos pueden darse reacciones corporales, pero a mediano plazo la tensión crónica tiene efectos más perjudiciales para la salud.

d.Desorganización de la conducta

Los efectos del miedo incluyen reacciones incontroladas que pueden ir desde la parálisis de la acción hasta la desorganización extrema de la conducta (ataques de pánico).

e. Problemas de salud

En muchos de los testimonios, el miedo se refiere como susto o enfermedad que tiene consecuencias más allá del momento de amenaza (afectación de distintos órganos, problemas de salud de carácter psicosomático y afectivo, alteración de la inmunidad, dolores y quejas somáticas poco específicas). Especialmente en la cultura maya, el susto se identifica como una enfermedad que se manifiesta después de un hecho violento o en condiciones de vulnerabilidad de la persona, y que es preciso sacar del cuerpo mediante acciones curativas.

El miedo como defensa

El miedo también puede ser un mecanismo que ayuda a defender la vida. Cuando las situaciones de crisis se fueron haciendo más intensas, la percepción de riesgo vital hizo que muchas personas y comunidades tomaran la decisión de huir, protegerse o apoyarse mutuamente. En esta situación, el miedo es un mecanismo adaptativo que aun produciendo determinados problemas ayuda a la gente a sobrevivir.

La decisión de huir:

Había miedo de todo, toda la aldea, ninguno dormía en sus casas, llegábamos a ver, sólo en la mañana estábamos en nuestras casas, en la tarde nos íbamos al monte porque pensábamos que a todos iba a pasar eso. Caso 0553, Chiquisis, Alta Verapaz, 1982.

Las medidas de precaución:

Vamos a trabajar juntos, sólo así unidos no nos pasa nada. Entre varios, así grupito, no nos chingan tan fácil, porque tenemos que vigilarnos todos, íbamos a trabajar juntos y así tal vez, ya no nos va a pasar nada, me dijeron. Caso 7392, Petén, 1982-90.

Conductas de solidaridad:

Para nosotros fue algo muy lindo y algo muy triste. Algunos familiares y amistades, como que teníamos lepra, nos evitaban en la calle. Y familiares, algunos, que se exponían al estado de sitio, el estado marcial, todos estos estados y nos visitaban, aún de noche, exponiendo su vida. Caso 5444, Guatemala, 1979.

Miedo en la actualidad

El miedo en la actualidad ha sido relatado de forma espontánea en los testimonios en una proporción considerablemente menor. Sin embargo, la experiencia pasada, los recuerdos traumáticos, así como el mantenimiento de las amenazas en el contexto en que se realizó el trabajo de REMHI, hacen que la gente haya manifestado miedo todavía en un número importante de casos. Aunque hay que considerar el hecho de que las personas que se acercaron a brindar su testimonio han dado un paso considerable para enfrentar el miedo a hablar de lo que pasó.

Y así unas se han quedado con miedo, no han querido declarar su testimonio. Caso 1509, Santa Ana, Petén, 1984.

En el análisis de los miedos en la actualidad manifestados por los declarantes, encontramos cuatro situaciones distintas, aunque en ocasiones se traslapan:

a. En relación con los victimarios:

Los declarantes manifiestaron un miedo muy grande provocado por la presencia, todavía hoy en las comunidades, de victimarios conocidos por las familias afectadas y que se mantienen en muchas ocasiones en estructuras de poder.

Yo tengo un poco pena porque si llegan a saber los que han hecho daños en nuestras comunidades, pues me pueden hacer daños, porque ya dimos cuentas de lo que han hecho. Caso 1376, Río Pajarito, Quiché, 1983.

Prefiero que no se diga quién es la declarante, porque el victimario vive todavía. Caso 5042, Santa Lucía Cotzumalguapa, Escuintla, 1984.

b. A las consecuencias negativas de dar su testimonio:

A pesar de que muchos declarantes superaron el miedo a hablar, seguían teniendo una percepción de riesgo al dar su testimonio. En algunos casos, los propios declarantes revelaron que muchas personas no quisieron dar su testimonio por el miedo a las consecuencias que eso les pudiera traer.

Qué tal si mañana o pasado que estoy dando esta entrevista viene la muerte para mi persona, quiero vivir con mi familia, por eso tengo miedo y tengo pena de dar esta razón de lo sucedido en esos años. Caso 6102, Barillas, Huehuetenango, 1982.

  1. A la reagudización de conflictos sociales en el postconflicto:

El recuerdo traumático de las experiencias vividas genera en muchas personas la demanda y el deseo generalizado de que "la violencia no vuelva otra vez". Ese miedo es muy específico en algunos lugares en donde existen conflictos sociales que recuerdan la grave polarización social o la militarización de la vida cotidiana que se dio en algunos momentos de la guerra.

Miedo, como muchos, de que la división en el Ixcán, que lo que pasó en los 80 va a suceder otra vez. Caso 0839, Cuarto Pueblo, Ixcán, Quiché 1986-85.

  1. Mantenimiento de situaciones de amenaza:

Por último, el mantenimiento en los últimos años de situaciones de represión selectiva sobre algunos movimientos sociales, o el impacto de hechos que se creían correspondientes a la memoria del pasado aún han estado presentes en las últimas etapas del conflicto armado.

En ese sentido, el temor es lo que más perjudica. Yo, en parte, cuando miro que él se atrasa por la hora que sale del trabajo, él por lo regular tiene una hora fija para llegar a la casa y el nerviosismo es mucho, aquella tensión que se vive, y a raíz de eso mi papá se encuentra muy enfermo. La vida que uno lleva da un cambio terrible, y eso trae como consecuencia un montón de cosas, desintegración familiar, orfandad, psicosis nerviosa, porque olvídese, se mantiene uno con una tensión todo el día, usted mira una persona extraña y piensa que ya lo están siguiendo, está uno con el temor de que algo le va a pasar. Caso 0141, Quetzaltenango, 1994.

2. LOS PROCESOS DE DUELO ALTERADOS

En todas las culturas existen ritos, normas y formas de expresión del duelo, que provienen de concepciones distintas de la vida y la muerte. En el caso de la cultura maya, no se concibe la muerte como una ausencia de vida, y la relación con los antepasados forma parte de la cotidianidad.

Se tuvo que dejar los antepasados, los muertos se alejaron, los lugares sagrados también. Caso 569, Cobán, Alta Verapaz, 1981.

En las condiciones de violencia sociopolítica extrema y desplazamiento, el duelo supone también un proceso de enfrentar otras muchas pérdidas, y tiene un sentido comunitario. La gente no sólo ha perdido amigos o familiares, sino que también puede sentir que se ha perdido el respeto por las víctimas y los sobrevivientes.

Nosotros mirábamos cómo mataban a la gente, a la gente joven, mujeres jovencitas todavía, cuánta gente se quedó triste, las mujeres por sus esposos, gente que era pobre, que ya no hallaba qué hacer por sus hijos, por eso nos quedamos en tristeza. Caso 2230 (Masacre), Jolomhuitz, Huehuetenango, 1981.

Además de la pérdida de sus seres queridos, la tristeza tiene un significado más global. Hay también duelo por la ruptura de un proyecto vital, familiar y en muchos casos tuvo una importante dimensión económica y política, la pérdida de estatus, de la tierra y el sentido de identidad ligado a ella. La destrucción del maíz y la naturaleza no fue sólo una pérdida del alimento o una forma de privación, sino también un atentado a la identidad comunitaria.

Un año estuvimos muy tristes. Ya no limpiamos nuestra milpa, se murió la milpa entre el monte, nos costó pasar el año, ya no estaba alegre nuestro corazón cuando mataron a mi papá, eso es lo que pasó, costó que viniera de nuevo nuestro ánimo, estaban muy tristes todas las personas, estaban muy tristes nuestros parientes. Una niña se salvó, ahora ya es mujer grande, cuando se recuerda llora. Caso 553 (Masacre), Chiquisis, Alta Verapaz, 1982.

La destrucción de bienes materiales produjo un sufrimiento individual y familiar, pero también afectó al sentido comunitario de la vida. En las expresiones de la gente, la tristeza por las cosas materiales tiene incluso cuerpo. (Se queda triste su ropa. Caso 1343, Chicamán, Quiché, 1982).

Al atardecer del día sábado ya no mirábamos a nadie, todas las casas estaban tristes porque ya no había personas adentro. Caso 10583 (Asesinato de los padres) Chisec, Alta Verapaz, 1982.

Las diferencias culturales pueden hacer que el impacto de la violencia en los procesos de duelo tenga características propias. En la cultura ladina, el proceso de duelo va acompañado en los primeros momentos de la vela, entierro en el cementerio, acompañamiento a la familia; posteriormente se realizan ceremonias y celebración de aniversarios. Aunque también esto se da parcialmente en otras culturas, en la cultura maya tiene especial sentido el modo de morir (por ejemplo, la posición en que queda el cuerpo), el lavado de los cuerpos y los objetos que acompañen al finado, y posteriormente hay una mayor presencia de la relación con los antepasados en ceremonias y celebraciones.

Algunos datos de informantes clave sugieren que se ha dado en los últimos años un aumento significativo de los suicidios en algunas zonas que sufrieron masacres. Aunque no existen estudios precisos y pueden influir otros factores, un análisis de los libros de Defunciones de la Municipalidad de Rabinal mostró un aumento significativo de las muertes por suicidio que anteriomente a los años 80, como en la mayor parte de las culturas indígenas, eran muy raras (un sólo caso en los diez años anteriores, por más de ocho en tan sólo dos años).

Violencia sociopolítica y procesos de duelo alterados

Carácter masivo y brutal

En los casos de masacres y violencia sociopolítica, es frecuente que estos procesos de duelo se encuentren alterados por el carácter masivo, súbito y brutal de las muertes. La mayor parte de los testimonios recogidos por el proyecto REMHI, demuestra el carácter brutal de las muertes que en algunos momentos fueron masivas, ya fuera en forma de asesinatos individuales, colectivos o masacres.

Estuvimos cinco o seis meses sin probar tortilla. Mi papá y mi mamá murieron, sus restos quedaron en la montaña. A los niños los hacían pedazos, los cortaban con machete. A los enfermos, hinchados por el frío, si los encontraban, acababan con ellos. A veces les prendían fuego. Lo siento mucho en mi corazón, ya no tengo a nadie, ya no viven mis padres y siento como que tengo un cuchillo en el corazón. Hemos estado arrastrando a los muertos, teníamos que enterrarlos y nosotros con miedo. Mi mamá murió en Sexalaché y mi papá en otro lado. Todos los cadáveres no quedaron juntos, quedaron ahí regados, perdidos en la montaña. Cuando llegaba la patrulla les partían con machete y unos salían en cuatro pedazos. Pues esperamos que les terminen de matar y después volvemos a buscarlos, los encontramos y medio los enterramos y también hubo gente que murió que no se pudo sepultar. Caso 2052, Chamá, Alta Verapaz, 1982.

Las muertes brutales han añadido mayor sufrimiento a la experiencia de los sobrevivientes, con afectación de su estado de salud y persistencia de recuerdos traumáticos por el sufrimiento de su familiar antes de la muerte.

Fueron amontonados en el patio de la casa, a los 5 ó 6 días el Ejército ordenó que se entierre a los muertos. Nos fuimos, les enterramos, pero no se fueron al cementerio, sólo en un lugar los enterramos, encontramos un hoyo en un barranco, los amontonamos y les echamos fuego. Por realizar esto nos enfermamos, ya no dan ganas de comer. Entre los demás yo ví uno que estaba abierto su tórax, su corazón, su pulmón, todo estaba afuera; otro tiene torcida la cabeza para atrás, su rostro está ante el sol. A los dos o tres meses fueron levantados por sus familias, se pasaron al cementerio pero ya no es bueno, ya sólo como agua y hueso, sólo fueron amontonados en las cajas, se juntaron como cinco cajas, las trasladamos al cementerio, pero nos enfermamos, esto yo mismo lo vi en esos tiempos. Caso 1368, Tierra Caliente, Quiché, 1981.

Cuando lo mataron le quitaron los dientes y la nariz se le hinchó mucho, nunca he visto alguien muerto así como le hicieron a mi hijo. Eso no se me olvida porque le sacaron todos los dientes a mi pobre hijo. Caso 2988, Nebaj, Quiché, 1983.

Dado el carácter público de muchas masacres, al impacto de la muerte se suma el de ser testigo de las atrocidades. Muchos de los declarantes vieron directamente las consecuencias de las masacres, o incluso convivieron en algunas ocasiones con personas que no murieron en el momento, sino que quedaron malheridas, y compartieron su agonía.

Cuando el Ejército regresó salió de esa casa, pasaron a decir con mi tío que es el comisionado militar: "Mirá, usted, vaya a enterrar a esa gente, ya terminamos una familia entera, esos son mala gente, ya los terminamos y ahora vaya a enterrarlos, hay algunos que no se han muerto todavía, aún se menean, espera a que se mueran, que no estén brincando, y los entierra". Cuando llegamos, pero eso si fue tremendo. Yo no lo olvido, aunque dicen algunos que hay que olvidar lo que pasó, no he podido, me recuerdo… fuimos a la cocina y allí estaba la familia entera, mi tía, mi nuera, sus hijas y sus hijos, eran dos patojas hechas pedacitos con machete, estaban vivas todavía. El niño Romualdo todavía vivió unos días. La que no aguantó fue la Santa, la que tenía la tripa afuera, esa sólo medio día tardó y se murió. Caso 9014, Masacre, San José Xix, Chajul, Quiché, 1982.

El sin sentido de la muerte

A la falta de sentido producido por las muertes violentas, se suma la mayor parte de las veces un profundo sentimiento de injusticia aún muy presente en la actualidad.

Por eso todavía estamos tristes, porque si hubiera sido por enfermedad está bien, en cambio él estaba bueno y sano. Caso 6006, San Mateo Ixtatán, Huehuetenango, 1982.

En algunos casos de ajusticiamientos por parte de la guerrilla, ese sentimiento de injusticia va acompañado de la decepción por las acciones de la guerrilla en contra de algunas personas de la comunidad.

Andrés Miguel Mateo, porque habló después de la muerte de Tomás Felipe, el habló por qué esos hermanos mataron a ese señor, y sólo porque él dijo eso lo fueron a sacar y le dieron muerte. Entonces la gente, como digo hay muchos que yo conozco en otras aldeas que por problemas de terreno, éste mi hermano me quiere quitar mi terreno, quitemos la vida a éste, empezó entonces esta matazón y cuando empezó fue cuando se empezó a decepcionar la gente. Caso 6257, Tzalá, Huehuetenango, 1983.

A pesar de que la gente ha tratado de explicar esas muertes sin sentido, ya sea basándose en sus propios conceptos culturales, su experiencia previa, su ideología, cabe señalar el impacto que en el proceso de duelo pueden tener los sentimientos de impotencia o de culpa por no haber podido hacer nada para evitarlo.

Por ese sufrimiento y dolor hoy mi corazón no se siente bien, me duele mucho mi hijo, pero ya no puedo hacer nada, no sé dónde estará tirado su cuerpo y su sangre. Pido a Dios que lo cuide, lo ilumine, recoja su alma. ¡Por qué tuvo que ir a comprar maíz ese día, si maíz había otro día!. Caso 2195, Tactic, Alta Verapaz, 1981.

La centralidad de la violencia, con la implicación directa de familiares o vecinos en los asesinatos, genera una mayor dificultad de enfrentar el dolor y atribuir sentido a los hechos.

Pensamos que Dios tenía que hacer la justicia, pero lo que más duele, jamás le pude ver la cara en la caja, porque su cara estaba desfigurada, lo trataron muy mal. Lo que más me duele es que su propio tío lo haya mandado a matar, como H. C. que fue el más asesino aquí en Salamá. Caso 3077 (Asesinato) Salamá, Baja Verapaz, 1981

La imposibilidad de entierros y ceremonias

El efecto del terror en las personas cercanas provocó, en ocasiones, inhibición y parálisis del proceso de duelo. Muchas personas no pudieron buscar a sus familiares, realizar entierros o incluso reconocer el carácter violento de su muerte como consecuencia de las amenazas. Sólo la mitad de los sobrevivientes que dieron su testimonio sabe dónde quedaron sus familiares (49.5% sabe dónde están los cadáveres) y en menor medida, sólo una tercera parte (34%) pudo realizar un funeral o entierro.

Además, la propia situación de emergencia o el contexto social represivo impidieron, la mayor parte de las veces, la realización de ritos y ceremonias que actúan como una forma de respeto y despedida de los fallecidos, y como una forma de solidaridad, de acompañamiento a los familiares. Muchos de esos procesos fueron impedidos de forma intencional, con el objetivo de aterrorizar a los sobrevivientes o no permitir el reconocimientio público de los hechos. En el manual de contrainsurgencia2 del Ejército guatemalteco, se recogen indicaciones precisas para ocultar el destino de las personas fallecidas.

Los muertos civiles, amigos y enemigos, serán enterrados por el personal militar lo más rápido posible a fin de evitar que éstos sean utilizados por los elementos subversivos en su labor de agitación y propaganda. (pag. 208)

Sin embargo, esta práctica se subordinó en otras ocasiones a la estrategia de terror ejemplificante. A las condiciones de peligrosidad presentes en el momento, dado el mantenimiento de los operativos militares, se sumaron en muchas ocasiones las órdenes expresas de no tocar ni enterrar a las víctimas, con lo que muchas personas no pudieron enterrar ni dar los mínimos cuidados a sus seres queridos asesinados.

La frecuencia con que se impartieron esas órdenes, y el cuidado con que el Ejército estudió las características sociales y culturales de la población maya para aumentar su grado de control en el área rural, hace de éste hecho una acción con intencionalidad política evidente de generar terror.

Los que se murieron allí se pudrieron, allí se quedaron, ninguno los recogió, ninguno los enterró, porque habían dicho que si alguno los recoge o los va a ver allí mismo se les va a matar. Quien los enterrara, era uno de ellos. Hasta ahora no sé cómo terminaron, si algún animal o perro se los comió, no sé, esa es la violencia que pasaron mi mamá, mi papá. Siempre duele mi corazón y pienso en la violencia que vivieron. Caso 2198, San Pedro Carchá, Alta Verapaz, 1982.

La destrucción que sufrieron muchos cuerpos fue también una forma de denigrar a las personas, de cuestionar la dignidad de las víctimas, teniendo también un marcado carácter cultural. La simbología de la destrucción (quema, macheteo, empalamiento etc.), el abandono de los cuerpos que fueron en muchas ocasiones comidos por las alimañas, o la utilización de lugares considerados sagrados como escenarios de la muerte, son parte de los testimonios que muestran sentimientos de duelo alterado en los sobrevivientes.

Las desapariciones forzadas

A finales de los 70, muchas desapariciones forzadas se hicieron de forma individual en el marco de operaciones de los organismos de seguridad. Amparadas en la clandestinidad, las acciones nunca fueron reconocidas ni las familias pudieron saber finalmente el destino de sus seres queridos.

Pero incluso en el área rural, donde muchas personas fueron desaparecidas en el marco de operativos militares o capturas en las que se identificó claramente a los autores, la desaparición forzada fue una práctica sistemática. En muchos de los casos recogidos, existen testigos de estos hechos en el momento de la captura e incluso la estancia en destacamentos militares.

A pesar de tener, en algunos casos, la convicción de que finalmente fue asesinado, vivir con esa pérdida, es mucho más difícil. La desaparición genera una realidad ambigua y una mayor afectación y preocupación por la forma en que se produciría y el destino del cuerpo.

Él, como todos, era patrullero. Estando en el parque fue capturado por los soldados, en presencia de su hijo Víctor Clemente de 6 años y junto al profesor Jacinto de Paz. Su esposa lo pidió a los soldados que lo tenían en el convento parroquial y siempre lo negaban. A los tres días soltaron a Jacinto y contaba como tenía Alberto las manos inflamadas por la tortura. Nunca se supo cuando lo mataron y donde lo llevaron… A saber donde lo tiraron, tantas veces los fuimos a buscar, tantos muertos hay en el cementerio, pero mi esposo. Caso 2978, Nebaj, Quiché, 1982.

La ausencia de un lugar donde ir a velarlo, implica una mayor dificultad de enfrentar la pérdida y cerrar el proceso de duelo, aunque algunas personas terminen encontrando maneras de simbolizar la presencia de los desaparecidos o tener referencias para su recuerdo.

Tres días yo llorando, llorando que le quería yo ver. Ahí me senté abajo de la tierra, solo una tierrita para decir ahí está, ahí está la crucita, ahí está él, ahí está todo, ahí está nuestro polvito y lo vamos a ir a respetar, dejar una su vela… pero cuando vamos a poner la vela, ¿dónde vamos a...? No hay donde. Yo siento que estoy con tanto dolor, cada noche me levanto a orar, cada noche, ¿por dónde podemos agarrar? Caso 8673, Sibinal, San Marcos, 1982.

Desaparecer a un niño

Marco Antonio Molina Theissen

El 6 de octubre de 1981 fue secuestrado Marco Antonio Molina Theissen, de 14 años. Ese hecho está relacionado con la detención ilegal de su hermana Emma Guadalupe Molina Theissen3.

Al día siguiente de que ella se escapara de donde la tenían detenida, llegaron tres hombres vestidos de civil y fuertemente armados a la casa familiar (carro con placas P-16765). Dos de los hombres entraron a la casa, intimidaron con sus armas a la familia registrando la casa durante una hora. Engrilletaron a Marco Antonio en uno de los sillones de la sala y le colocaron maskin-tape en la boca. Pusieron un saco alrededor de su cabeza, lo echaron sobre la palangana del picop y se lo llevaron sin que les importaran las súplicas de la mamá. Jamás volvimos a saber de él.

Los papás buscaron a Marco Antonio. Fueron a Quetzaltenango a hablar con el coronel Quintero, buscaron el apoyo de la jerarquía de la Iglesia católica sin obtenerlo. El Arzobispo Casariego se ofreció a mediar ante el general Lucas, entonces presidente de la República, con quien dijo que desayunaba cada miércoles. Buscaron posteriormente el apoyo de otros obispos, periodistas, jefe de la policía, el siguiente presidente general Ríos Montt, pero no consiguieron nada. La respuesta de las autoridades militares fue siempre la misma: a su hijo lo secuestró la guerrilla. Toda la familia tuvo que salir del país por las amenazas.

Caso 11826, Guatemala, 1981.

En la mayor parte de las ocasiones la respuesta oficial varió entre la negación de la captura o de que se conociera su paradero al uso de versiones contradictorias que produjeron mayor confusión entre los familiares. Además, el mero hecho de realizar esas gestiones supuso en muchas ocasiones amenazas directas o veladas para amedrentar a los sobrevivientes. Muchas familias vivieron así una profunda contradicción entre la necesidad de conocer lo sucedido y la parálisis de la acción para no ponerse más en peligro.

La convicción de que muchas personas desaparecidas se encontraban en realidad cautivas por los cuerpos de seguridad se apoya en numerosos testimonios recogidos, en los que algunos declarantes fueron testigos de este hecho. En algunas ocasiones, los lazos familiares entre la población civil y algunos soldados, fueron una fuente de información sobre la situación de personas capturadas, pero a pesar de sus gestiones la mayor parte de las veces no se conoció el destino final de sus familiares. Muchos de ellos pueden encontrarse en cementerios clandestinos y fosas comunes que, según los testimonios recogidos, existen en varios destacamentos.

Impacto del duelo alterado

Los datos

El análisis cuantitativo nos da algunas pistas respecto a las personas que más dificultades tuvieron en el proceso de duelo por los familiares muertos.

1) Aquellas personas que tienen ahora mayores dificultades son las que perdieron a su familiar en masacres colectivas y que no pudieron enterrarlo, sino que el cuerpo quedó en paradero desconocido o tal vez en una fosa. La persona no puede integrar la pérdida en su vida cuándo desconoce dónde mataron a su familiar o dónde puede estar su cuerpo, porque eso significa que pueden quedar resquicios de esperanza (real o fantaseada) de que esté vivo e intentar cerrar el dolor sería, de algún modo, una traición. De ahí la importancia social de las exhumaciones. Algunas familias pueden sin embargo tener una actitud ambivalente, porque mientras por un lado eso significa tener la certeza de la muerte y un lugar de referencia para los ritos, al mismo tiempo pueden sentir que es una amenaza al equilibrio que la persona poco a poco consiguió con el paso de los años.

2) En cambio, la gente que sí pudo saber dónde mataron a sus familiares hoy en día ya no tienen tanto ese duelo. Ellos sufrieron en aquellos años de más enfermedades y problemas de salud. Confirmar la muerte y perder las esperanzas –los datos indican que sobre todo si no se pudo enterrar el cadáver– significó para mucha gente "enfermarse", que es el modo en que muchas personas se refieren a la manera como el cuerpo se quiebra por la pena.

3) Están por último aquellas familias que supieron de la muerte y que además pudieron hacer entierro. En ellas lo que domina, además de la tristeza por la muerte, son los sentimientos de injusticia y cólera por lo sucedido. El entierro cierra el ciclo de la muerte y permite a los sobrevivientes expresar la rabia e indignación hacia los autores.

Nuestros datos apuntan también, de manera clara, que dado el carácter de los hechos y la dinámica social de la violencia, la realización del duelo necesita de información clara sobre el destino de los familiares; reconocimiento público de los hechos y de la responsabilidad institucional; y acciones de restitución social y dignificación de las víctimas.

3. GOLPEAR AL CAÍDO

La culpabilización y responsabilización de las víctimas y sobrevivientes ha sido un elemento central de la estrategia contrainsurgente. Para ello el Ejército utilizó como mecanismos más importantes: la propaganda y guerra psicológica; los mecanismos de militarización e inducción de la conformidad, como las PAC; y las sectas religiosas. La manipulación de los conceptos culturales mayas–como la atribución a la propia conducta, la alteración del equilibrio con la comunidad y de la noción de pecado desde una perspectiva religiosa–, se orientó a culpabilizar a la gente y ocultar la intencionalidad de las estrategias represivas. Pero también la culpa es un sentimiento frecuente en muchas personas sobrevivientes de hechos traumáticos, sientiendo que tal vez podrían haber hecho algo para evitar los hechos.

Pienso a veces que si ella me hubiera hecho caso, quizás estuviera ahora. Caso 10757, San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz, 1982.

La colaboración forzada

Los casos en que se manifiesta más abiertamente son de algunos patrulleros que muestran gran afectación personal por haber participado en asesinatos o masacres. Sin embargo, en la mayoría de los patrulleros los testimonios que hablan sobre la participación en las PAC son más bien descriptivos de los hechos, sin hacer relación a su vivencia.

Hicimos por orden del Ejército, por ellos mismo no lo hubiéramos hecho. Nos aliamos al Ejército por sobrevivir y porque también la guerrilla mató al suegro que era comisionado militar. En ese tiempo uno no sabía qué hacer, mas que tuvimos que someternos al Ejército. Caso 2463 (Jefe de patrulla), Chutuj, Quiché, 1982.

Esos sentimientos han atormentado a las personas afectadas durante años. Las formas de colaboración forzada han supuesto un trauma en muchas ocasiones para los que participaron en la represión directamente. En esos casos, la posibilidad de compatir esa experiencia, darle un sentido social y buscar la forma de consuelo han supuesto una forma de ayuda asociada al testimonio.

Tal vez Dios me va perdonar... por eso he venido a contarlo; si algún día me muero no puedo ir con todo. Se siente bien al contarlo, es como una confesión. Es un gran alivio sacar lo que se guarda en el corazón mucho tiempo. Caso de Patrullero, Sacapulas, Quiché, s.f.

Como parte de la estrategia de culpabilización, el Ejército utilizó cualquier leve falta al orden militar como una forma de inducir la justificación de un castigo ejemplarizante para mantener el control de la población y forzar la obediencia absoluta. La culpabilización indujo también al control interno por parte de la comunidad.

Hicimos por orden del ejército, por ellos mismo no lo hubiéramos hecho. Nos aliamos al ejército por sobrevivir y porque también la guerilla mató al suegro, que era Comisionado Militar. En ese tiempo uno no sabía qué hacer, mas que tuvimos que someternos al ejército. Caso 2463 (jefe de patrulla), Chutuj, Quiché, 1982.

La inducción a la colaboración forzada en el asesinato de miembros de sus propias comunidades fue utilizada como una forma de promover la complicidad con carácter colectivo. Al verse forzados a participar en atrocidades, la violencia se normaliza, se vuelve fuente interna y se alteran los valores de relación social y el propio sentido de comunidad. En algunos casos se relatan detalles que muestran hasta donde esa colaboración forzada en las atrocidades ha tenido una intencionalidad destructiva del tejido social.

En este momento nosotros no hacemos la muerte, sino que la misma patrulla de aquí de la comunidad, son ellos los que los matarán, esta gente que está aquí, doce hombres se van a morir. Claro está escrito en la Biblia: ‘El padre contra el hijo y el hijo contra el padre’. Así dijo el hombre. Así hicieron empezar y los patrulleros unos llevan cuchillo, otros llevan palo, a puro palo y a puro cuchillo los mataron a esos doce hombres que se habla allí.

Después que ya habían matado a los doce hombres, los mataron y los torturaron y fueron a traer gasolina y los juntaron, mandaron a los patrulleros a que los amontonaran y les dijeron: ‘Ustedes mismos los van a quemar’.

Nos mandaron a juntar a seis y seis. Fuimos a traer palos, hoja de pino y les dieron gasolina a ellos y se hicieron ceniza, de una vez delante de nosotros. Así dice el hombre que vio y me contó a mi. Cuando se quemaron todos dieron un aplauso y empezaron a comer. Caso 2811, Chinique, Quiché, 1982.

Para eliminar posibles resistencias o sentimientos de culpa entre los victimarios, aumentar su conformidad con los hechos y reforzar la agresión contra la gente, también se reforzó una nueva identidad de patrullero mediante el premio a su conducta y la sustitución del sentido del duelo por una nueva conducta colectiva festiva.

Cuando nosotros salimos de Zacualpa al comandante de la patrulla le dieron un coche grande y también a nosotros y el teniente dice: Van a hacer un sancocho cuando lleguen los nueve días de estos doce hombres, hacen un sancocho allá en Chinique, eso es para los patrulleros porque los patrulleros de Chinique son de ‘a huevo’.

También nos dieron dinero para una caja de 17 octavos. Caso 2811, Chinique, Quiché, 1982.

La participación política: sentido de responsabilidad y de culpa

Los pocos testimonios que refieren formas de culpabilizar a la propia víctima, tienen que ver con la participación en alguno de los bandos. En muchos casos, los sobrevivientes aún se preguntan por su propia responsabilidad como una forma de tratar de entender la causa de los hechos.

Y el que acusó es L.O., me dijo doña Teresa, ¿acaso no te das cuenta que es él el que tiene amarrada la cara con pañuelo? Y mi mamá contestó: ¿cual será nuestro pecado y qué será lo que hicimos?, es muy doloroso lo que nos están haciendo. Caso 10583 (Asesinato del padre y tortura de la madre), Chisec, Alta Verapaz, 1982.

La implicación activa, y en muchos casos forzada, de la población civil en el conflicto armado ha producido distintas valoraciones en los testimonios sobre el sentido de culpabilidad o responsabilidad en los hechos. En los testimonios en los que se reconoce una participación activa de las víctimas como agentes armados del conflicto, las valoraciones de culpabilidad se matizan en función de aquélla.

Lo que más sintieron la gente en Nojoyá fueron esas tres muertes porque según consideran esas personas no tenían por qué ser asesinadas, no tenían ningún problema, no tenía caso que las mataran. Pues de las otras muertes la gente hace una consideración, de que cayeron en un combate, ni modo ellos fueron a rastrear, a buscar a la guerrilla, con arma y todo para combatir, incluso en ese momento dicen que no iba el Ejército, iba sólo la patrulla, que quería decir que iban por propia voluntad, entonces como que la misma gente valora y dice que ya es un poco culpa de ellos, pero esas tres muertes ellos culpan a la guerrilla. Caso 2267, Nojoyá, Huehuetenango, 1980.

En otros casos, las conductas periféricas de colaboración con la guerrilla se valoran después de forma negativa, en función de las consecuencias que tuvieron en la vida de la gente. El siguiente caso describe cómo la culpabilidad se pone en la guerrilla, después del secuestro y desaparición de su familiar por el Ejército.

Por eso supe que era por darle de comer a los guerrilleros. Sí, él le daba de comer a ellos, según dice mi mamá. Después mi mamá lo estaba buscando, preguntaba y supo que estaba en el destacamento de Cotzal, luego lo pasaron a Nebaj. Mi papá mandó una carta y decía que se encontraba ya con los soldados y que ya se había integrado a ese grupo en Huehuetenango. Mi mamá le dijo a los guerrilleros que se lo habían llevado, y ellos contestaron que se tenía que ir la familia de la víctima a las montañas. Y mi mamá les dijo: ‘cómo puede ser eso si fue culpa de ustedes que le pasó eso, porque ustedes solo vienen aquí… a partir de ahora no les voy a dar de comer nada’. Caso 3627 (Tortura y desaparición forzada por el Ejército y reclutamiento de la guerrilla), Cotzal, Quiché, 1980.

Entre la palabra y el silencio

La búsqueda de la conformidad a través del miedo puede también generar sentimientos de culpa por no haber hecho nada frente a las situaciones de violencia, especialmente en el caso de las personas que han sido testigos impotentes de los hechos.

Yo sentí pesado por ver la muerte del finado, vi también que no hay apoyo de la comunidad de él. Precisamente iba a presentarme al momento en que llegó el juez, cuando levantó acta del cadáver, pero por razones de trabajo mejor no, porque qué tal yo solo estoy sacando la cara y la familia de él no decía nada, así se quedó. Entonces yo me quedé siempre con ese sentimiento. Caso 6009 (Testigo de asesinato), Jolomar, Huehuetenango, 1993.

4. LA CÓLERA DE LA INJUSTICIA

No buscamos venganza, porque si no no se acaba la violencia. Al principio quise haber sido una culebra venenosa, pero ahora he reflexionado. Lo que pido es el arrepentimiento de ellos. Caso 9909, Dolores, Petén, s/f.

Del sin sentido a la injusticia

La falta de sentido de la muerte es muy frecuente en las entrevistas. La percepción más generalizada por parte de los familiares es un sentimiento de injusticia asociado a valoraciones positivas de la persona que resultó ser víctima. Estas valoraciones positivas incluyen un reconocimiento del rol social de la víctima, coincidente con el hecho de que muchas de las personas que sufrieron la represión tenían un papel importante en sus comunidades. El sentimiento de injusticia es también grande cuando la persona era significativa para la comunidad o se encontraba en una situación de debilidad o coerción manifiesta.

A mi cuñado por qué lo fueron a traer si él no debía nada, él era muy trabajador, era católico y era catequista de bautismo, y por ese cargo que tenía lo fueron a traer los soldados y lo mataron. El señor éste no era un delincuente, sino el trabajaba en el pueblo. Caso 1316, Parraxtut, Quiché, 1983.

No es justo que gente que tiene poder ocasione ese tipo de situaciones tan lamentables. Caso 046, (Administrador de finca que trataba con guerrilla y ejército, asesinado por éste), Santa Bárbara, Suchitepéquez, 1983.

También se incluyen numerosas apreciaciones y reflexiones sobre el hecho de que la persona "no debía nada, era bueno". Esto supone una imagen positiva de su familiar, pero también una falta de relación de la represión sufrida con la experiencia previa.

La impotencia ante la impunidad

Frente a una realidad tan brutal, los familiares se han encontrado prácticamente en la totalidad de las ocasiones frente a la impunidad y la falta de reconocimiento de los hechos por parte del Estado y una ausencia de reparación social. Todo eso contribuye a que el sentimiento de injusticia entre los sobrevivientes sea todavía muy importante en la actualidad.

Quemaron nuestras casas, comieron nuestros animales, mataron nuestros niños, las mujeres, los hombres, ¡ay!, ¡ay!. ¿Quien va a reponer todas las casas? El ejército no lo va a hacer. Caso 839, (Asesinato y tortura), Cuarto Pueblo, Ixcán, Quiché, 1985.

La impotencia a que se condenó desde el principio a las propias víctimas y sobrevivientes, y el hecho de que persistan las condiciones de impunidad, son los factores clave que más se asocian al mantenimiento de los sentimientos de cólera. A pesar de ello, la mayor parte de las veces la cólera ha permanecido escondida como una vivencia profunda de algunas víctimas, aunque no haya llevado a acciones de venganza.

Mi familia y yo pensamos, como soy persona, que me están tocando la dignidad. En ese momento pensé algo en contra de ellos, de que soy gente, soy capaz de hacer algo con alguno de ellos, pero en el momento pensé en mi familia, en mis hermanos y en los vecinos. De plano que si hago algo nos quedamos todos muertos y la familia, entonces pensé en aguantarme. Caso 2273, (Tortura y amenazas), Jacaltenango, Huehuetenango, 1981.

Una pretendida normalidad

En esas condiciones de falta de reconocimiento social e impunidad, muchas víctimas han vivido en una pretendida normalidad, forzados por el mantenimiento del control social, la militarización y una posición dependiente en las relaciones de poder en las comunidades.

En nuestra comunidad todo está normal, como que no hubiera pasado nada, lo que pasa es que nuestras autoridades en ese entonces nos intimidaron y todos los desaparecimientos, secuestros y masacres no están declaradas. Es por eso que quiero denunciarlo a nivel nacional e internacional y que salga a la claridad todo, como una historia que quede plasmada en un documento en donde relate todo lo pasado sobre el pueblo maya achí. Caso 2024, San Miguel Chicaj, Baja Verapaz, 1982.

La permanencia de las relaciones de poder basadas en la militarización y la posición de ventaja social de muchos victimarios han favorecido, aún en la actualidad, un ejercicio de la capacidad de coacción sobre las propias víctimas, que ven así recaer sobre ellas nuevas amenazas en caso de querer denunciar la situación.

Todavía en la actualidad han llegado a intimidar a mis nietas, nuera, y eso no puede ser y yo estaré dispuesto a declarar esto, pero el problema es que no puedo hablar bien el español, ya me cansé de escucharlos. Caso 3164, Aldea Najtilaguaj, Alta Verapaz, 1982.

Todo eso hace que en la actualidad las reacciones de cólera, aunque contenidas, puedan estar presentes en muchas víctimas.

Hasta a veces me da, no sé cómo me nace el rencor y contra quien desquitarme a veces. Caso 5017, (Desaparición forzada), San Pedro Necta, Huehuetenango, 1982.

El cuestionamiento de la lucha

En el caso de ejecuciones extrajudiciales realizadas por la guerrilla, los sentimientos de injusticia aparecen frecuentemente unidos a una incongruencia de los hechos con los valores que teóricamente se defienden y un cuestionamiento de la práctica de la organización armada.

Entonces yo en ese momento lo sentí mucho, porque también lo conocí mucho, porque andaba junto a nosotros, me puse a llorar y dije entre mí: "por qué si ellos tanto hablan del derecho humano, por qué ellos dicen que estamos luchando por una paz, que estamos buscando una igualdad, por terminar la injusticia, por qué ahora no respetaron el derecho de ese muchacho, por qué ellos lo asesinaron Ese muchacho había pasado tres o cuatro años arriesgando su vida, aguantando hambre, lluvia, todos los sentimientos que hay en la montaña los aguantó, los sufrió, con la dicha de que hay que luchar por los hijos y la familia y por el pueblo, ¿por qué no respetaron el derecho de él? ¿Para qué vamos a luchar más?. Caso 8352, (Asesinato de un muchacho de la comunidad) CPR. Mayalán, Ixcán, Quiché, 1981.

El predominio de los criterios militares en su lucha, así como la rigidez organizativa, producen en esos casos una insensibilidad frente al sufrimiento y un desprecio por la vida de la gente, que se subordina a los intereses militares.

Yo me quedé huérfano y fui a avisar a mi abuelita: "ya mataron a mi tío". Después llamaron a mi abuelita y le dijeron que ya lo mataron "por oreja". Parece que la esposa de mi tío lo acusó con el papá de ella, porque mi tío no quería seguir en la resistencia, sino quiso ir a tierra fría y ella no quería. Las gentes del campamento nuestro se quejaron ante los responsables, pero para nada. Yo seguí trabajando triste, al mes el ejército mató a mi mamá y a mi hermanita y después a mi abuelita. Ya estoy solo y me fui para México. Caso 723, (Asesinato, según la declarante la víctima era acosado para que se incorporara a la guerrilla y, por su negativa, fue acusado de oreja), Ixcán, Quiché, 1984.