CAPÍTULO SEGUNDO
LA DESTRUCCIÓN DE LA SEMILLA

El plan del Ejército era dejar sin semillas. Aunque sea un patojito de un año, de dos años, todos son malas semillas, así cuenta. Así es su plan del Ejército. Eso es lo que yo he visto. Caso 4017, Las Majadas, Aguacatán, Huehuetenango, 1982.

Los niños y niñas están presentes en la mayor parte de los testimonios. Ya sea como víctimas indirectas de la violencia en contra de sus familiares, como testigos de muchos hechos traumáticos o sufriendo directamente sus propias experiencias de violencia y muerte, constituyen un grupo social muy afectado por la violencia y la represión política.

Cuando los niños se enfrentan a la realidad amenazante, tienen una menor capacidad de protegerse, resienten más la falta de apoyo familiar, y su capacidad de dar sentido a lo que sucede está en función de su propio desarrollo. Las necesidades de seguridad, confianza y cuidados se hallan muy alteradas, incluso más allá de los momentos de mayor violencia. Frente a esto, los niños con adecuado apoyo familiar, que pueden mantenerse activos (escolarización etc.), que encuentran condiciones para reconstruir la cotidianeidad, y reciben de sus familiares cariño, comprensión e información de lo sucedido adaptada a su nivel, pueden enfrentar mejor las experiencias traumáticas.

Cuando fue herido en este pueblo, tenía 14 años. El se lastimó en troncos, espinos. Quedó como loco cuando huyó, y poco a poco se mejoró. Después se casó y ahora está en Quiché, en la capital. Caso 1351, Parraxtut, Quiché, 1982.

1. La violencia contra la infancia

Los ataques indiscriminados contra la población civil, conllevaron también asesinato y lesiones a los niños. En ese contexto los niños tuvieron mayores dificultades para huir, menor conciencia del riesgo, escaso conocimiento de los mecanismos de la violencia, y una mayor dependencia de la familia que en esas condiciones no podía proporcionarles apoyo. Especialmente entre los años 80-83, muchos niños fueron asesinados directamente por soldados y miembros de las PAC. En el marco de acciones contra la población civil, fueron un objetivo fácil de las estrategias militares. Debido a que la mayor parte de las veces se mantuvieron cerca de sus madres, la violencia contra las mujeres estuvo frecuentemente asociada a la violencia contra niños y niñas

Cuando llegamos al camino de Yaltoya, están tiradas las mujeres y los niños, todos los que se asustaron por la bomba que quemaron, pero son puras mujeres con niños, hay varones pero niños. Caso 6065, Nentón, Huehuetenango, 1982.

Los soldados sin hacer pregunta alguna los amarraron a todos dentro de la vivienda. Rociaron con gasolina la casa y le prendieron fuego. Todos murieron quemados, entre ellos un niño de como dos años de edad. Fueron masacrados mi mamá, hermana, cuñado junto a sus tres hijos. Caso 3164, San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz, 1982.

La mitad de los casos de masacres registrados relatan asesinatos colectivos de niños y niñas. En este carácter indiscriminado de la violencia de las masacres, las descripciones de cómo murieron los niños incluyen frecuentes atrocidades (calcinamiento, lesiones por machete y descuartizamientos, y sobre todo traumatismos severos en la cabeza). Muchas menores fueron violadas durante masacres o capturas. En menor medida se recogen muertes de niños por acciones indiscriminadas de disparos o ametrallamientos de comunidades. Esto muestra un carácter directo de agresión intencional, congruente con el trato que sufrieron globalmente las comunidades en esas situaciones.

Una muchacha de trece años me la dieron, la pobre niña llorando amargamente: ‘¿Qué te pasa muchacha?’ ‘¡Ay Dios sabe para dónde me van a llevar!’, decía la criatura. Me saqué el pañuelo y se lo di: mejor límpiate. Bueno viene un tal subinstructor Basilio Velásquez: ¿Qué hay, y ésa qué? Hay que vacunarla ¿no?, es buena. El muy condenado a violarla, de violarla al pozo. ¿Cómo se hacía para ejecutar a estas pobre gentes? Mire, se le vendaba los ojos, al pozo con el garrotazo en la cabeza. Testimonio Colectivo 27, Masacre Las Dos Erres, Petén, 1982.

La señora vivía en la casa junto con sus chiquitos, y la agarraron a la señora, le metieron un cuchillo en el cuello. Yo estaba cerca, viendo lo que estaban haciendo los soldados allí. La tenían agarrada a la pobre señora y cuando sangrando está, porque ya le habían metido un cuchillo en el pescuezo, logró escapar todavía y la agarraron y le pegó un soldado en la cara. Prendieron fuego a la casa con todos los chiquitos. Caso 600, Chajul, Quiché, 1982.

En el contexto de masacres la violencia contra mujeres embarazadas llegó en ocasiones al ensañamiento con las criaturas que llevaban en sus vientres. Muchos niños víctimas del horror no aparecen en las estadísticas sobre la violencia porque no llegaron a tener nombre: murieron aún antes de nacer.

Tiraron bombas, granadas… se asomaron en un barranco, fue cuando cayeron más niños y a las mujeres embarazadas las agarraron vivas, las partieron y les sacaron el bebé. Informante Clave 11, Chimaltenango, 1967-68.

Sin embargo, en muchas masacres, la violencia contra los niños no sólo fue parte de la violencia contra la comunidad, sino que tuvo un carácter intencional específico. En estos testimonios recogidos por REMHI son frecuentes las expresiones de los soldados o patrulleros sobre el asesinato de niños como una forma de eliminación de toda posibilidad de reconstrucción de la comunidad e incluso de la posibilidad de justicia por parte de las víctimas.

Bueno, le dijeron a mi hermana, o sea, que entre el Ejército había uno que hablaba idioma y le dijo a mi hermana que hay que terminar con todos los hombres y con todos los niños hombres para que así terminar con toda la guerrilla. ¿Y por qué?, le preguntó ella, ¿y por qué están matando los niños? Porque esos desgraciados algún día se van a vengar y nos van a chingar. Esa era la intención de ellos que mataban a los pequeños también. Caso 1944 (ex-patrullero), Chiché, Quiché, 1983.

Los datos sobre la muerte de niños y los relatos de los sobrevivientes que muestran las atrocidades cometidas, son también congruentes con los testimonios recogidos sobre los métodos de entrenamiento militar y la preparación que recibieron los soldados en esa época para llevar adelante la política de tierra arrasada. La consideración de toda la población civil de muchas aldeas como parte de la guerrilla y su eliminación física, incluyendo a la población infantil, fue en esos años (80-82) una estrategia bien planificada.

Ya a la hora de estar en el patrullaje, ellos nos decían, bueno muchá, vamos a ir a un área donde hay sólo guerrilleros, allí toda la gente es guerrillera, entonces, ha habido niños que han matado soldados y ha habido mujeres que embarazadas aparentemente sólo llegan y tiran una bomba y matan, han matado soldados, entonces ustedes deben desconfiar de todos, nadie es amigo a donde vamos a ir. Entonces, todos son guerrilleros, y a todos hay que matarlos. Informante Clave 80 (ex-soldado y ex-G2), 1980.

El desplazamiento masivo de la población, que frecuentemente produjo separaciones familiares, supuso para los niños un riesgo todavía mayor. Como también ocurrió en el caso de muchas mujeres, el mero hecho de no encontrarse con sus familiares, se convirtió en una amenaza de muerte sobre los niños. La sospecha de que pudieran ser hijos de guerrilleros fue considerada en esos momentos como un motivo que justificaba el asesinato por parte de sus victimarios.

Cuando llegaron al lugar, preguntaron ellos (Patrulleros de Autodefensa Civil) a los niños, si hay alguien que conocen ellos. Y los niños dijeron que sí, pero doña Candelaria tenía su yerno y dos cuñados y su tío, y cuando la patrulla pregunta a la gente quién de ustedes conoce a estos niños, si alguien los conoce llévenlos y si no los conoce, aquí los vamos a dejar muertos, dijeron. Caso 0717, Senococh, Ixcán, Quiché, 1988.

En las condiciones de violencia indiscriminada contra la población civil, muchos niños de las comunidades rurales fueron testigos de las atrocidades cometidas contra sus familiares. Ya fuera de forma intencional, como parte de una estrategia de terror en contra de la población, o mientras trataban de ponerse a salvo, en la mayor parte de las masacres colectivas los niños estuvieron presentes en actos de violencia en contra de sus familiares. En la actualidad, los niños que fueron testigos directos de esa violencia pueden constituir un grupo de personas más afectadas por problemas como recuerdos traumáticos de la muerte de sus familiares.

Estaba jugando en el sitio cuando vi subir a los soldados, llegaban y mi mamá me dijo huí. Como la casa de mi papá constaba de dos puertas, una era de delante y otra que salía entre el cafetal, entonces huí, porque ya tenía razón de que ellos ya empezaban a matar. Y huí solo entre el cafetal y mi mamá no me siguió. Como a las cuatro de la tarde regresé a la aldea, ya habían quemado la casa y mis familiares, ya no había nadie. Caso 10066 (Masacre) Aldea Kajchijlaj, Chajul, Quiché, 1982.

Pero también las amenazas y torturas a niños fueron usados como una forma de torturar a las familias. En esos casos, con el objetivo de forzar la colaboración de la población, provocar denuncias de otros y destruir la comunidad, la tortura a los niños tuvo un carácter de terror ejemplificante para sus familiares y constituye una muestra extrema del desprecio por la vida y la dignidad de la gente. Frente a la posibilidad de ese sufrimiento, algunas personas declararon incluso preferir la muerte.

Yo sí le rogaba a Dios que si me iban a matar pero que fuera a mí primero, yo no quería ver qué le iban a hacer a mis niños, porque ellos siempre así hacían, mataban primero a los niños, era una forma de torturar a la gente, a los padres, y yo pensaba todo eso, pero gracias a Dios que no llegó. Entonces hubo alguien que se escapó todavía, a la señora le sacaron a su niño, ella estaba viva le sacaron a su niño que estaba esperando, delante del esposo y de sus hijos, y se murió la señora y también sus hijos, mataron a los demás, el único que quedó ahí fue el que se escapó. Caso 2173, Buena Vista, Huehuetenango, 1981.

Además de ese carácter aterrorizante, el Ejército recurrió a la violencia contra los niños como un medio para la búsqueda de delaciones e información sobre movimientos de la guerrilla o simpatizantes. Estas atrocidades contra los niños son descritas por algunos declarantes como recuerdos traumáticos persistentes, como las mutilaciones de los cuerpos y, en algunos, el arrancamiento de vísceras. La forma cómo los mataron es una muestra del impacto del terror, recordada todavía hoy con gran sufrimiento.

Sigo soñando, sigo viendo porque todavía mi corazón está sentido por la persecución, porque nos han encañonado, porque la patrulla ha estado atrás de nosotros. Entonces eso hace que todavía me afecte mucho todo lo que hemos sufrido. ¿Qué hacen con los niños? Los hacen pedazos. O sea, los cortan con machete, los hacen pedazos. Caso 2052, Chamá, Cobán, Alta Verapaz, 1982.

Los que asesinó el Ejército los enterraron, fueron degollados con torniquete al pescuezo, los arrugaba, los hacía como una bolita, hay niños de tres años. Llegamos a ver, los vimos, tres niños, estaban colgados ya sin cabeza, estaban sus muñequitas de los niños a la espalda. Caso 1367, Sacapulas, Quiché, 1981.

El 5 de septiembre de 1985 fueron a pescar seis personas, cuando llegó un avión dando vueltas. Luego llegó una columna de soldados. Empezaron a disparar. Allí murió mi primo R.J., I. y E. de 13 años aproximadamente (son primos). H.J.S. no se moría con las balas, pues le sacaron el corazón. Caso 3083, Chitucan, Rabinal, Baja Verapaz, 1981.

El asesinato de niños ha tenido, por tanto, un fuerte impacto en los sobrevivientes, asociado a un mayor sentimiento de injusticia y símbolo de la destrucción global. Esa violencia contra los niños constituye un ataque a la identidad comunitaria que integra a los antepasados y los descendientes, y se expresa incluso en el lenguaje. Así, por ejemplo, en el caso de los achíes la palabra mam designa lo mismo a los abuelos antepasados que a sus nietos recién nacidos 4.

Porque la verdad ¡murieron tantos niños inocentes! Ellos ni sabían por qué les sucedió eso. La verdad, uno allí cuando pasaba en lugares así, miraba muertos por todos lados, los dejaban todos picados, un brazo por allá, una pierna por allá, fue así. Caso 3024, Aldea Panacal, Rabinal, Baja Verapaz, 1981.

Testigos del vacío y del fuego

Cuando secuestraron a mi papá, yo tenía 12 años, era el más grande de los hijos. No teníamos valor para decir algo, nosotros llorando estábamos cuando a él lo sacaron, al rato regresó mi papá y dijo: ’mira Mario no vayas estar llorando, yo ahorita regreso’. Eran como las 10 u 11 de la noche, en ese tiempo yo estudiaba 4o. año de primaria; al otro día me fui a la escuela y le conté a la maestra que habían secuestrado a mi papá y que yo ya no iba seguir estudiando porque ya no había quien iba a comprar mis cuadernos; fue como se destruyó la familia.

Mi madrastra se fue a buscar trabajo en Pajapita y nos quedamos solos con mi hermanito. Gracias a una mi tía que se llamaba Lorenza, ella nos daba la comida y también los vecinos. Al poco tiempo del secuestro de mi papá quemaron nuestra casa: esa noche habíamos ido a cenar en la casa de mi tía y nos entretuvimos jugando pelota, mi hermanito se adelantó y cuando él llegó a la casa, un grupo de hombres nos estaba esperando, a él lo agarraron del pescuezo y le dijeron: ‘¿vos sos Mario? ¿no? lo vamos a esperar’.

Yo atrás venía, entonces lo sentaron y comenzaron a rociar gasolina a la casa, Ismael pensaba que nos iban a matar a los dos y entonces él pensó: ‘es preferible que me maten sólo a mí, yo me voy a correr’, se levantó y les dijo: ‘voy a orinar’. Y le dijeron: ‘no te movás, oriná adelante de nosotros’. Y lo agarraron, pero aquél se arrebató y le tiraron dos plomazos para que no se fuera, pero a aquél no le importó que lo mataran para salvarme la vida. Y bien lo hizo porque yo abajito venía, y cuando oí los cuetazos, yo dije: ‘¿y esto qué?’

Fue cuando oí el ruido de los chiribiscos en el guatal, y me quedé sentado y aquél llorando iba, ¡vaya que no le pegaron! Él era más chiquito; entonces yo lo seguí porque él iba corriendo, fue cuando yo le dije: ‘hey, hey, ¿qué es?’ ‘Mario’, me dijo, ‘fijáte que unos hombres quieren platicar con vos pero de plano matarnos quieren’. Yo me puse a temblar porque éramos inocentes y nos regresamos a la casa de la tía; llegando estábamos cuando miramos la llamarada, le dije ‘¡mirá vos allá quemaron la casa!’ Nuestra vida de niño fue sufrimiento, nos dejaron sin nada. Caso 8586. Aldea Ixcahin Nuevo Progreso, San Marcos, 1973.

2. Los niños durante la huida

Nosotros salimos escondidos bajo el cafetal, yo con mis seis niños. Esa noche agarramos para el río, lo tanteamos para que no oyera la lloradera de mi nene, después, cuando estábamos dentro del río Suchiate, mis chamaquitos lloraban por el frío. ¡ay mis varoncitos! Cuando amaneció pero bien verdes estaban por el frío, no tenían ropa, yo me quité mi blusa y se la puse a mi nene. Caminamos en puro monte para llegar a Toquian Grande. Caso 8632, Bullaj, Tajumulco, San Marcos, 1982.

Las condiciones extremas de vida en la huida y persecución por las montañas o camino del exilio, produjeron muchos casos de enfermedad y muerte entre la población infantil, debido a las condiciones de penuria y hambre, la falta de abrigo o la tensión traumática.

Muchos testimonios de huida a la montaña en los primeros meses incluyen descripciones de niños que comenzaron a hincharse por el hambre, compatibles con problemas de desnutrición grave 5 . Muchos de ellos murieron. La imposibilidad de proporcionar cuidados básicos y alimentación a sus hijos produjo en sus familiares un gran sentimiento de impotencia y sufrimiento que en algunos casos persiste hasta hoy en día.

Y esa vez como le cuento, pues no había nada de nylon para tapar, y cayó un gran aguacero que hasta el niñito que era recién nacido ya casi iba a morir por el agua. No teníamos con qué tapar, porque estábamos bien pobrecitos, sin nada. Caso 1280, Palob, Quiché, 1980.

Si no ya las mujeres y los niños ya estaban hinchándose nuestros hijos por el tiempo y el frío, se hincharon. Al salir, también la mujer estaba embarazada y nació su hijo en la montaña y el niño cuando nació, sólo llorar era, tal vez porque no tenía leche y su mamá no comía bien. Caso 4521, Salinas Magdalena, Caserío La Montaña, Sacapulas, Quiché, 1980.

Fue muy triste, debido a que no hallábamos más de comer. Los niños gritaban por hambre. Caso 10681, San Cristóbal Verapaz, Alta Verapaz, 1983.

En las condiciones de huida de emergencia a que se vieron obligadas comunidades enteras, los niños suponían una dificultad importante para la rápida evacuación o proteger la vida. Las mayores dificultades de los niños pequeños para huir, así como los problemas de sus familiares para llevarlos consigo, produjeron muchos casos de pérdida, asesinato o muerte. Al drama de los padres que tuvieron que abandonarlos para poder huir se añaden potencialmente los sentimientos de culpabilidad por su muerte o desaparición.

Cuando fueron perseguidos había algunos entre ellos, que tenían 3 ó 5 hijos, si no podían correr o caminar, los dejaban tirados porque los padres no querían morir. Ya no podían llevar sus hijos porque entre disparos salían. Caso 10004, Chajul, Quiché, 1982.

Hay bebés que están acostados bajo los palos, en todas partes murieron, hay bebés que están colgados en las ramas de los árboles, es parecido a como les hacen cuando están en casa que les amarran con un trapo, así están colgados de las ramas de los árboles, y los bebés están vivos pero ya no los puedes recoger, donde los vas a dejar si no sabes donde está su mamá. Caso Colectivo 17, Santa Cruz Verapaz, 1980.

Esos relatos dramáticos se repiten una y otra vez en distintas regiones donde la gente tuvo que refugiarse en la montaña o la selva. Los niños pequeños suponían para las comunidades una mayor posibilidad de ser descubiertos. Durante meses, en algunos casos años, y en medio de condiciones extremas de sobrevivencia, los niños ni siquiera pudieron llorar, jugar o desenvolverse solos. Eso hizo que los familiares tuvieran que tener un control muy directo de sus hijos e incluso llegar a reprimir su llanto, cuando los soldados estaban cerca. En algunos casos eso produjo la muerte o grave afectación neurológica de niños por la asfixia.

Y los niños no podían llorar, teníamos que taparles la boca. Les metíamos pañuelos en la boca para que no lloraran. Caso 3804, Cotzal, Quiché, 1976.

El niño llorando estaba, y nos regañaban nuestros compañeros, nos decían hombre por favor miren a su hijo, él nos va a delatar, como nos enojaba le tapábamos la boca con un trapo y ahora el niño no quedó muy bien. Caso 4521, Salinas Magdalena, Caserío La Montaña, Sacapulas, Quiché, 1980.

3. La militarización de la infancia

A lo largo del desarrollo del conflicto armado, la militarización de las comunidades ha afectado también a la infancia. De mayor a menor frecuencia, estos procesos han incluido: la influencia de las Patrullas de Autodefensa Civil -PAC-; el reclutamiento forzoso; la vida en destacamentos o aldeas modelo.

La mera presencia de las PAC como estructuras armadas permanentes en muchas comunidades, ha tenido su influencia en los niños. Desde el miedo a las agresiones o la muerte, hasta la normalización de la violencia, la convivencia en un ambiente militarizado influye en la infancia con sus patrones de socialización bélica. Además, especialmente en los primeros años de las PAC, se describen casos de participación de menores y cómo ésta era una norma habitual en muchas comunidades. Los casos en que se dio esa participación ha supuesto una militarización forzada de los niños y en muchos momentos un alto riesgo de muerte por el uso de las PAC en rastreos y la lucha contra la guerrilla. También se han dado numerosos casos de reclutamiento forzoso de menores por parte del Ejército durante prácticamente la totalidad del conflicto armado. 6

En aquel tiempo eran obligados a patrullar hasta los niños. Mi hijo decía: mamá yo quiero salir de la patrulla, porque no quiero salir con esa gente a patrullar porque me puede matar la guerrilla, porque cuando fui a patrullar la primera vez, vi doce muertos (después lo mataron). Caso 2988, Cantón Vitzal, Nebaj, Quiché, 1983.

4. Los hijos de la violencia

A pesar de que son frecuentes los testimonios de violaciones a mujeres, pocas veces se describen sus consecuencias. Al estigma de la violación se suma probablemente la vergüenza comunitaria por los hechos. Muchas mujeres se han enfrentado al dilema de qué hacer con los hijos concebidos como resultado de las violaciones. Dado que éstas tuvieron en algunos momentos un carácter masivo, ya fuera como parte del trato a la población civil considerada subversiva, en las capturas y masacres, o como consecuencia de haber quedado viudas o sin apoyo, el problema de los niños no puede ser considerado como poco frecuente. Incluso en los casos en que se quedaron con esos niños, las explicaciones sobre sus padres obligaron a muchas mujeres a confrontarse con el dilema de su propia vida, y buscar formas de explicación coherentes con su propia dignidad que ayudaran al niño a entender mejor su situación.

Muchas veces me quedé durmiendo en la calle, y por estar durmiendo en la calle tuve mi hijo, yo no sé quien es el papá porque llegaron dos hombres, me violaron y cuando yo me di cuenta a los catorce, quince años cabalitos, tenía un mes de haber cumplido quince años cuando mi hijo nació y ese niño pues allí está, él a veces me pregunta: ¿y mi papá? Yo le digo, allí está mi hijo, yo trato de decirle que una persona que a mí tanto me llegó a querer ayudar le dio un apellido y yo le digo que él es el papá, pero él no es su papá. Caso 0425, Uspantán, Quiché, 1983.

En los testimonios hay descripciones del destino que finalmente tuvieron esos niños. Estas descripciones son coherentes con lo señalado por algunas investigaciones 7, en el sentido de que los niños concebidos como resultado de una violación tienden a ser rechazados socialmente, como parte de una forma de resistencia comunitaria, pero también de aislamiento social de la mujeres consideradas como imagen de la vergüenza comunitaria. De una u otra forma, la entrega de los hijos producto de la violación a instituciones benéficas y de acogida, ha constituido un efecto importante de la violencia contra las mujeres y comunidades en muchos lugares del país.

Algunos responsables de Baja Verapaz violaron a las mujeres, aunque las mujeres cargaban a sus hijos en la espalda, agarraban a los niños y los tiraban al suelo y, en fila, estaban los hombres para pasar con las mujeres. Algunas de todas estas mujeres quedaron embarazadas. Las que resultaron embarazadas dieron a luz y fueron a regalar los niños con las monjas. Yo fui a firmar un niño en Guatemala, ya que la Sor me pidió que lo hiciera. Este niño le abandonó la mamá porque era de los patrulleros. Quince días tenía cuando lo fue a dejar la mamá. Caso 5281, Buena Vista, Baja Verapaz, 1982.

Los hogares específicos parecen haber sido el destino de una parte considerable de estos niños, en los que también se acogió a huérfanos directos de la violencia.

5. De la adopción al secuestro

La mayor parte de las veces la acogida familiar o las formas de adopción intracomunitaria ha formado parte de los mecanismos de cohesión y solidaridad que han proporcionado a los niños huérfanos un soporte familiar y comunitario muy importante para su desarrollo, salud e integración social.

Se sube un mi hijo en un palo, ahí en el patio decía: ‘ya se murió mamá, ya se murió’. Me voy a regalar con doña Luz, ya que ella quiere que me vaya a vivir con ella. Caso 5281, Buena Vista, Baja Verapaz, 1982.

Especialmente en los casos en que fue asesinada la madre, hubo familias que "regalaron" a sus hijos a otras que tenían más posibilidades de cuidarlos y con las que pensaban que iban a tener un mejor futuro. Sin embargo, cuando las madres sobrevivieron esa práctica parece haber sido mucho menor.

Pero la acogida por otras familias no fue siempre un mecanismo de solidaridad para con los huérfanos. En los testimonios analizados se refieren algunos casos de rapto de niños que luego se utilizaron como sirvientes en familias que no fueron afectadas por la violencia, sino que más bien sacaron ventaja social de ella. También se han recogido denuncias de casos de separación forzada de sus familias, en los que los niños fueron utilizados como sujetos de reeducación en hogares especiales.

En el año 1984 el alcalde de Rabinal ordenó a los alcaldes auxiliares que los niños del asentamiento Pacux que tuvieran entre cinco y diez años fueran llevados al Hogar del Niño de la Iglesia del Nazareno en San Miguel Chicaj. Se llevaron a veinte niños y niñas aunque sus papás no querían entregarlos. Yo tenía 13 años. Más tarde, en el año 1988 los familiares reclamaron al padre de la parroquia porque a sus hijos les habían hecho evangélicos; ellos querían que les entregaran sus hijos. En ese mismo año se los entregaron. Testimonio Colectivo Rabinal y Caso 3213, Cooperativa Sa’chal, Las Conchas, Cobán, Alta Verapaz, 1984.

También aparecen algunos casos de niños que fueron separados de sus familias o comunidades, secuestrados y adoptados de forma fraudulenta por algunos de los victimarios de sus familias. Esta práctica les ha condenado a vivir con los asesinos de sus familiares sin saberlo. Según declaraciones del general Gramajo, cuando era ministro de Defensa, esa práctica fue frecuente en algunos momentos, por lo que puede afectar a muchos niños y niñas.

Muchas de las familias de oficiales del Ejército han crecido con la adopción de niños víctimas de la violencia, pues en determinados momentos se volvió moda en las filas del Ejército hacerse cargo de pequeños de 3 ó 4 años que se encontraban deambulando en las montañas. General Héctor Alejandro Gramajo, Prensa Libre, 6 Abril de 1989.

6. Las ganas de vivir

A pesar de la violencia sufrida, de las condiciones de vida extremas y de la militarización, los niños que han contado con un adecuado soporte familiar y social pueden encontrarse relativamente bien adaptados en la actualidad. Muchos de los declarantes que incluso fueron testigos de los hechos durante su infancia, han reconstruido sus lazos familiares y sociales, y se encuentran activos hoy en día. A pesar de la imagen de la infancia como únicamente de vulnerabilidad, también en las situaciones de tensión algunos niños y niñas han tenido una postura activa, y han enfrentado las dificultades de vida ayudándose entre sí y apoyando a sus familias.

Entonces se unieron todos los hermanitos y siguieron viviendo, aunque ya sin padre y sin madre, llenos de tristeza y sólo la abuelita los acompañaba también, el abuelito de ella ya había muerto más antes. Caso 5180, Jutiapa, 1987.

Frente a las formas de denegación del peligro inminente con que en algunos lugares los adultos enfrentaron la posibilidad de ser atacados, los niños tuvieron en ocasiones reacciones de huida, al sentir el peligro muy próximo.8 En situaciones de emergencia extrema muchos niños lograron huir, informaron a otras comunidades de lo que estaba sucediendo o dieron el aviso para que sus familiares pudieran salvar la vida.

La postura activa de algunos niños también se ha manifestado posteriormente, reclamando por los hechos que sucedieron y de los que sus familiares no se atreven a hablar. En algunas ocasiones eso puede implicar ponerse en peligro, especialmente en los casos de convivencia con victimarios que tienen aún una posición de poder.

Los hijos le decían a la policía, ‘ustedes mataron a mi papá’. ‘Voy a dar parte’, decía mi patojo, pues no olvida las cosas. Solamente mis hijos estaban allí cuando llegaron a preguntar y les dijo uno de mis hijos: ‘sí, ustedes mataron a mi papá, ustedes fueron’. Y ya no dijeron nada los policías. Caso 2987, Nebaj, Quiché, 1985.

Los niños y niñas necesitan entender lo que les sucedió a ellos y a sus familias. Cuando esta búsqueda de sentido se encuentra con la falta de diálogo por parte de los adultos, el silencio o las explicaciones contradictorias, puede aumentar el impacto de la violencia. En cambio, las explicaciones claras y adaptadas a sus necesidades, así como una recuperación de la memoria de sus familiares, pueden ayudar a reconstruir su sentido de identidad.